El Estilo.
Dicen los entendidos, y yo me incluyo, que escribir requiere trabajo, constancia, marxismo, imágenes, valores biográficos y protuberancias ruidosas pintadas del color de lo que lleva años cayéndole polvo. ¿El estilo? Yo creo que sí, los indicios… el estilo viene de la interpretación positiva de nuestros errores (…) es sólo que dibujando, trabajando se va dibujando la escritura… ¡Pero basta de gerundios, de hablar de mí, de lo infinito, de la imaginación desbocada como un caballo! Trato de escribir a la velocidad de lo que se me ocurre y luego sólo puedo hacerlo sobre el momento, a la velocidad que dé mi mano; yo trabajo pero no escribo, sólo me dedico a dejarme vivir, cumplir mínimamente y a observar y recibir otras imágenes aleatorias, de la realidad de la guerra dialéctica, física y moral, en el mundo (son muchas las causas y el doble los efectos ¿de qué? De la mala fortuna y la buena y la incertidumbre y la seguridad) ¡Ostias! No puedo rendirme, pero se me escapa. Pido disculpas por este exabrupto sin más motivo que el del sentimiento de inseguridad; admitámoslo; soy muy cobarde.
Me da ganas de llorar reconocerme a mí mismo. Entre tantos niños de instituto me dan ganas de llorar, de irme, de rendirme, me escondo entre chicos que me aprecian, subo el volumen de los auriculares más de lo debido, soy muy poco higiénico, pero aún así es cierto que trabajo, que no soy tan comodón como los que, al llegar a mayores (extraña expresión) se sacan su carné y se van, y trabajan y se rinden de lo que estaban estudiando, ante la suerte, la dialéctica suerte, que les da una satisfacción instantánea. Trabajo. Vengo del puto instituto todos los días a dedo para ahorrar dinero y suelo caminar una media de diez, quince minutos hacia arriba a mi casa. Por las noches camino igual, pero ebrio, y me arrepiento de lo que hago, y pienso, porque voy subiendo a mi casa (trabajando) en grandiosas ideas literarias, musicales, cineastas, pero luego vuelvo al papel y las ideas no salen bien (mal común, supongo) y escribo acerca del momento que normalmente encuentra su fin muy rápido, porque yo me siento capaz de escribir pero siempre con un límite de “atacada”, y así, me canso a la hoja y media, y lo dejo para otro momento, conducta un poco insensible que se basa en el límite sonoro de nuestra concentración, que pasado un tiempo nos indica, con señales como el sueño, o recordar ideas sin nexo aparente, que necesitamos azúcar o descanso; pero ¿por qué soy un cobarde? Porque me entran unos sicóticos (por lo sonoro del adjetivo) miedos, que son una mezcla de lo que consumo para drogarme, de mis remordimientos (no por el consumo, sino por el rechazo), lo que saco como conclusión de las asignaturas que estoy estudiando, lo supersticioso que soy, lo mágico que es el mundo y lo lejos que estoy de mi amada y lo cerca que de la muerte; y me da un miedo y un rechazo mi familia, que si bien yo lo he buscado, y no lo arreglo por orgulloso, al menos no lo empeoro y busco pautas mínimas de entendimiento y mucho más, teniendo en cuenta mi edad; siento la influencia del profesorado, pero sigo indeleble ante lo uniforme… la gente está loca, Carlos, el Chispas, está convencido de las cualidades positivas del capitalismo, no se da cuenta de la contradicción que supone seguir un modo de producción que requiere individualismo de manera uniforme y social, como una moda más… al menos Carlos ya no habla igual que Óscar, porque todas esas locuras le vienen de imitar a Óscar… se me ha dormido la mano izquierda, y ahora me acuerdo de una idea que imaginé sobre el orgullo que siento de tener esta sensación filosófica, quizá sintetizadora algún día de la cultura mundial en un sentimiento de unificación total, y todo eso… hay que imaginar los detalles, pero lo que seguro sé es que las extrañas sensaciones de los alucinógenos se parecen tanto a la vida que creo estar aún metido en aquel sueño que me encerraba dentro de mí, y creo que se me ocurren, en consecuencia, ideas morales como leer y estudiar el tema, y sacar una conclusión y una síntesis, ideas de trabajo que sé que nunca llevaré a cabo, pero que me llenan de ilusión y vida.
Cuánto nos dejamos en el tintero y cuántas cosas diremos que no querremos decir, en realidad; cuántas ideas nos esforzamos por discurrir sabiendo que en un futuro próximo serán recordadas con un gesto de ridiculez, de evolución natural y diremos “¿esto pensaba yo?” Pero por otro lado, esa es la única manera de que de pronto se nos ocurra una genial invención imaginativa, como los párrafos de Proust o las estructuras musicales minimalistas de las obras de Steve Reich, es decir, análisis, engaño, trabajo, intuición, carrerilla, marxismo, algún que otro sentimiento oculto, algún que otro elemento mágico, como dice Blanca, (en mi caso, como escritor, anotaré la especial coincidencia de ir conociendo poco a poco a los profesores, y que hayan estado y se hayan alejado de mí, o que se hayan acercado poco a poco, hasta el punto de que existe alguno que conoció primero la obra escrita que al alumno, aparentándome en última instancia, que mi “carrera” en BUP, estaba pensada para llevarme a COU, con la elite de profesores que tengo -sin desprestigiar a los que este año no me dan clase- para entrenarme para dar el paso decisivo, como si todo lo que hubo en el instituto sólo hubiera sido una pantomima, un juego para ver si somos capaces de entrar por el aro de COU, y COU, un entrenamiento de elite militar –los marines americanos contra Vietnam- para ese examen que todos aprueban y que nos remarca la actitud que preferiblemente deberíamos adoptar en los años facultativos posteriores) y una pizca de suerte. Suerte para recordar las ideas que nos vienen en la vida, suerte para encontrar el momento idóneo para expresar por escrito las penas, las alegrías, las ideas, y suerte para no olvidar que tiene que existir algún tipo de idea madre de todas las que se me figuran en la mente, y que materializo. Porque si no ¿qué es la vida? A la hora de escribir, en la mayor parte de los individuos que lo intentan, se construyen varios sentimientos encadenados que en muchos casos no son del todo capaces de superar, y que estancan o desbordan el cauce imaginativo, a veces porque se trata de pensamientos sobre totalidades ontológicas (que algún poeta chino antiguo sería capaz de definir en un verso pero que a nosotros nos parece un asunto extenso y abierto a opiniones, difícil de imaginar y ejemplificar) y otras porque decimos ¿y a dónde quiero yo llegar si escribo esto? Y la inseguridad, la falta de técnica a veces, y siempre el descontrol mental, consiguen provocar una barrera ante la cual no somos capaces de mover un lápiz, ni una hoja de papel. Esos sentimientos –muy artísticos- que a todos nos rozan alguna vez en la vida, pretenden ser agarrados por el que escribe, pero no se puede hacer de una sola vez, porque son formas de la costumbre, y, como tal, se va descubriendo poco a poco en sus detalles, es decir, quizá me esté inventando todo esto y no le ocurra a nadie excepto a mí, pero como sujeto, detecto generalidades de obvia repetición en mis semejantes… solución, entonces: ni desbocarse uno escribiendo con mala letra, persiguiendo motivos sin motivo, formas momentáneas, ni estancarse pensando que no seremos capaces nunca de comunicarnos: un ponto medio; como dicen los artesanos canarios, “es coger el puntito”, y perseguir, caminando hacia delante, una idea fija de trabajo y constancia, más fácil (pero más profunda y tajantemente sincera y a veces cruel) cuando improvisamos; más difícil cuando nos planteamos la expresión de una idea por medio de estructuras a priori, como pueda ser una historia con moraleja, o un poema (más difícil pero más anónima, pues nuestro estilo se ve modificado y cien veces arreglado para tales fines).
Lo importante de este capítulo es el anuncio en contra de la ropa NIKE y de la coca cola que estoy haciendo ahora, porque si no soy capaz de ser un fenómeno tan admirable (por su constructividad, que es lo que yo pretendo tener) como Karl Marx, al menos sí soy capaz de decir que siento verdadera aversión por los monopolios dentro de sectores de consumo, que yo sería partidario de la monopolización total de los sectores (de manera justa) o de todo lo contrario, pero no de un punto medio, y que ojalá que la coca cola volviera a la fórmula de sus orígenes y sustituyera la cocaína por la actual cafeína.
Hoy voy a decir que el estilo consiste en decirle al lector (ese gran amigo mío) que debe considerar que existe margen temporal entre párrafo y párrafo, e incluso entre palabra y palabra. Uno se lo toma con calma, y quizá a los dos días se termina la frase, luego el estilo evoluciona (tonto… no pienses así, el estilo viene trabajando, pues, aunque la persona evolucione mucho, si produces la suficiente cantidad, en conjunción con tu calidad –para la cual ser reconocido exige un mínimo- los rasgos estilísticos personales se van dibujando realmente). (Por eso tienes que construir una larga obra, con evolución, con lo que tú quieras, mi niño, pero con trabajo). Así que me dispongo… ¿terminaré lo que he empezado? … Hay varios temas acerca de los que me gustaría opinar, aunque la tónica general es mi intención de comunicar que es mejor no formarse una opinión (al menos, no exteriorizado), sino dejar que el curso de las cosas haga lo que debe hacer, como dicen en las películas. Un ejemplo, el otro día un tipo que para por donde yo lo hago, y que por esa razón ya es mi “amigo”, se puso a gritarle a la novia, haciéndose el interesante, y como lo hizo delante de todo el mundo, y a ella la conozco desde pequeña, la hablé contándole que no me había gustado nada lo que vi; el chico, a los dos días vino a hablar conmigo a ver qué le había dicho yo, a que no me metiera en donde no me importa, etc. Y yo, tranquilizando su violencia animal de macho que defiende a la hembra, conseguí expresarme, con sinceridad, y aunque sé que a él no lo convencí, sino que sólo lo tranquilicé, porque me escuchaba a medias, fui sincero… Un día hablaremos más sobre esto. Ahora finalizaré, pero primero cerraré el ejemplo con una pregunta ¿tengo yo razón diciendo lo que veo, lo que no me gusta, o no hay que hablar de injusticias ajenas, aunque nos duelan?
Escarabajo pelotero.
El último año que paso en el instituto; lo advierto como el que dice “no me importa ganar o perder, porque me voy a largar de todas maneras”. Es gracioso: creo que por fin sé en qué consiste mi locura, pero para explicarla es necesario dar mi visión personal sobre la conciencia, sobre el cerebro; pienso que es una línea en evolución, de estallidos a nivel microscópico, y esos estallidos son cada una de las ideas que una vez revientan, nos permiten escudriñar cada una de sus partes, inventando otras, deduciendo otras y creando, en consecuencia, nuevas ideas a la velocidad del vertiginoso rayo eléctrico. Un “amigo” coincidió en esta concepción conmigo no hace muchos días atrás; yo me di cuenta hace años años años, pero aún intento controlar esa velocidad de explosión tratando de acelerarla conscientemente al máximo, visualizando las ideas en poco tiempo, pero es un ejercicio muy fuerte y poco usual. Animo a la gente a que lo practique: se trata de imaginar la frase oralmente, y de intentar, poco a poco, ser consciente de que en el momento en que comenzamos a “decirnos” la idea, ya la tenemos entera en nuestra mente, y en ese instante preciso forma parte del pasado y aparece otra… es tan difícil, que algo “bueno” tiene que ejercitar en nosotros.
Esa es mi locura; dentro de mi mente; agarrar las cosas que se me escapan; Nietzsche condena a Sócrates, pero yo creo que éste último acertó con su “conócete a ti mismo”. Yo añado (espero que no le moleste) “verás las sorpresas que te llevas en determinados instantes, tanto a corto como a largo plazo”. Mi locura es darme cuenta desde hace años de que mi conciencia es una línea que se aviva cuando puedo pensar (en soledad, en clase de literatura, en el baño, con mi querida amada, en la plaza con el club de perdedores de tiempo, como dice mi madre) en distintos grados según el lugar donde me encuentre y siempre con la constante evolución, porque, aunque alguna idea loca continúa en mi mente desde hace años como la de que las ideas son explosiones, o como la conciencia de infinito (y la ansiedad que de ello se deriva) cuando, al pensar en la obra literaria, siento que no creo nada, sino que como dicen los Héroes del Silencio, y que extraen de Gabriel Celaya “repito otras voces que siento como mías”, “a veces sin saberlo”, “como ahora yo repito a un anónimo amigo”, y entonces me da asco porque soy un egocéntrico individualista, orgulloso y soberbio y me da “pánico de infinito” hasta el punto de estar casi al borde de escribirle “al humano que está escribiendo lo mismo que yo en este instante” y saludarlo; aunque esas ideas continúan y otras son efímeras (del día, del rato, del acontecimiento concreto) noto que el hilo es continuo y que, según la época y siempre en tono mágico y supersticioso, me formo una constante que no puedo llegar a evitar pensar. Ahí es donde quería llegar (lo he conseguido), este COU con la novedad del principio, con lo especial de las materias que se estudian en mi opción (no resto importancia a las otras), con el hecho de haber conocido a los profesores de los que había oído hablar desde primero (hace siete años) y con esa, mi locura, con todo eso y supongo que más cosas, me he formado la superstición narcisista e indemostrable de que me están observando desde que entré en primero, de manera discreta, y a base de repetir, unos se dieron cuenta de mi insistencia (o la de mi madre, mejor), de mi potencial (del cual yo dudo mucho) y poco a poco me fueron encaminando hacia las letras, poniéndome, para aburrirme de las ciencias, al chalado Miguel Esparza, o Carlos, el de física, Don Heraclio, el hombre de la paciencia de oro, o a Susi en ciencias naturales; profesores entregados tan de lleno a su rama de la sabiduría que transmiten y contagian en gusto por su asignatura, o forman el disgusto (que es mi caso) y aclaran a los que no tienen las ideas claras. En mi caso, encontraba el gusto a las letras fuera cual fuera el profesor, aunque encontré de hecho grandes hombres y mujeres, como J. Manuel Reverón, Ana Isabel, o José Luis. Pero, ¿qué pretendo? ¿Analizar mi “carrera”? No. Eso lo haré concretamente otro día. Sólo decir que inexplicablemente he llegado a COU como llevado por el análisis al que me han sometido los profesores en estos años, y guiado por una subliminaridad mágica. Por eso este año me ocurren cosas como escuchar dobles sentidos en las palabras de Maricarmen, de Blanca, o de Domingo, o de Carlos Manescau, que me habla por los pasillos. Si fuera objetivo, realista, diría que me lo estoy inventando todo yo, y que cuando Maricarmen dice “el conflicto entre los dos (refiriéndose a dos países) sufre una suavización en la que uno de ellos se acerca diplomáticamente al otro, pero por diferencias culturales (o ideológicas, mejor, Carmen) no se logra el acercamiento” no se está refiriendo a la relación que mantengo con ella (como alumno y profesora, subrayo) sino a un conflicto entre dos países; esta locura tuvo hoy su paradoja en Filosofía cuando Domingo, que está explicando a otro loco, Nietzsche, dice hoy a la clase, pero mirándome “no hay que escuchar dobles sentidos, la realidad es tal como la vemos”… o sea, que voy a suspender historia, carallo…
Aunque yo esté loco, guardo en mí una idea coherente de agradecimiento a todos y cada uno de los profesores que en los años anteriores me dieron clase (con alguna excepción, aunque prefiero no entrar en detalles hoy) y a todos los que esta año me dan clase o me influyen, como José Carlos Guerra, que este año no me da, pero que me ha dejado boquiabierto en los Consejos Escolares extraordinarios que se han celebrado, con tanto conflicto con la Consejería de Enseñantes… ¿pero debo realmente ser un pelotero? Es mi intención, llevo con esa intención desde el primer trimestre y ahora me parece un motivo largo para escribir, y me fastidiaría tener que hacerlo en plan “enumeración y alabanza” diciendo “oh, Blanca, loada matriarca literaria que los ojos nos abres en pos de una visión panorámica de la actual literatura en nuestro tan musical idioma” y “querida Teresa, que tienes que sufrir todos mis ataques de sueño, de vagancia, que cuentas cosas sobre la vida misma que dan a la clase un tono muy personal quizá del color verde primaveral, a ti, igual que los otros, protegiendo tu figura excelsa”… haría lo mismo con Maricarmen, ella lo sabe, la alabaría porque en su clase es donde menos puedo pensar, hipnotizado por el arremolinamiento masivo de datos, sin respiración, con comas que se sobreentienden pero que no existen de forma práctica (y con esa extraña tristeza subyacente); haría lo mismo con Domingo el de filosofía, y con Nieves, que me obliga a su manera a currar como un… cristiano, pero Domingo tiene bastante confianza conmigo (que no es lo mismo que yo decir que yo la tengo con él) y sabe que yo le diría esto mismo (“gracias”) en persona con un beso y un abrazo si hace falta, y Nieves… …será que estoy loco, pero las clases de Nieves tienen mucho arte y estilo… y ya que estoy…
Me faltan dos personas, me falta dar las gracias y pedir perdón a mi desconocida profesora de inglés, Clara, que ha sido la que ha conocido mi peor faceta (lunes a primera hora) y Don Arnulfo, del cual no sé qué decir que quede especial pues no se deja, pero que me parece una de las personas más divertidas y especiales, aparte de trabajadoras y honradas, aún extraño y sorprendente, que he visto nunca. Casi nadie sabe que se llama de segundo nombre “Laverán”, y una vez en clase, dijo “ustedes la verán, pero más adelante” refiriéndose a una ecuación, y aluciné: ¿sería una locura de Arnulfo para pasarlo bien diciendo su propio nombre de manera oculta en sus palabras, o sólo coincidió y el que está loco es éste que está aquí? No sé, pero todo esto tiene mucha maña, mucha literatura, mucha belleza, mucha coincidencia. Aunque a veces me canso, siempre me parece interesantísimo entrar a cualquier clase. Aunque prefiero hacer lo que no tengo que hacer, como lanzarme a escribir este tostón el día antes de un examen práctico de literatura; hoy en día la seguridad de escritor me viene porque tengo una novia que me persigue, que se enfada y me deja sin sexo o sin bocadillo de los viernes si no estudio, y que me dice que sí, que me necesita todos los días feliz y no triste, y que me conserva medianamente recta la línea de la vida humana normal; esa a la que me resisto, con miedo a que me cambie las costumbres… he escrito tanto que me daría pena casarme con ella, tener hijos y trabajo, y televisor, y radio compact disc, y seguro de vida y fútbol los domingos y todo eso, y decirle a mis amigos o a mis nietos: “sí, alguna vez escribía sobre mí pero no iba a llegar muy lejos”… me da tanta pena, que ojalá me case con ella y tenga cuadernos y bolígrafos y me paguen por escribir lo que me salga de adentro: el trabajo ideal.
A ti, corazón enrollado mío, gracias gracias gracias.
El tostón.
Me imagino a cualquier escritor con la misma línea de pensamientos que yo: caminando hacia tal sitio, y pensando en la imposibilidad de sacar todo lo que lleva dentro, en cómo hacerlo posible. O sentado en su cama con cara de “¿esto es buena idea?”, o sorprendido, creyendo haber encontrado un motivo nuevo y muy original para una obra; en consecuencia me imagino a cada escritor con la misma cara de abnegación y sacrificio que pongo yo cuando lo intento: me digo “¡a dónde vas, Marcel Proust de pacotilla!” y me respondo “voy a donde quiera, ¿no te he dicho ya que a base de repetir, de intentar, de pensar detenidamente en la siguiente idea que queremos desarrollar, se forma el estilo y la forma personal? … y me respondo “ah, bueno, es verdad”.
Me imagino que no es innata la cualidad de escribir, sino que depende de muchos factores, sobre todo, de que exista una respuesta positiva. En el colegio nos dijeron que hiciéramos una redacción sobre la romería. Me acuerdo de que traté de hacerlo bonito, pero ¡tampoco sentí que era bueno lo que hacía! Sólo imitaba sensaciones que podían ser expresivas. Como empezar cada párrafo con una alusión a la hora (la una, la una y media, las tres…) o hacer frases de una sola palabra: “Calor.” Por ejemplo. De resto sólo recuerdo que hablé como un niño hablaría de la romería, aparte de contar lo que me llamaba la atención como el sufrimiento de las vacas. Y fue muy grande mi sorpresa cuando Florencio lo destacó delante de todos, y lo leyó en voz alta (era bastante corto, bastante más que el de Cristina, que era la empollona, y que había hecho una “aproximación aérea” –así lo recuerdo- hasta llegar al suelo, pero muy recta y sin sentimientos, con frases descriptivas bien largas, completamente tópicas). Me sentí algo de mí mismo desde fuera. Lo intentaré de nuevo: sentí que yo era exterior a mí y que veía mi persona abstracta, y esa persona no era escritora, ni instrumentista, ni sabia, sino simple, pero nerviosa de explicar, de ganas de expresar. Físicamente todo se tradujo en un ardor de estómago como cuando se ve a la persona amada por sorpresa, y en mi mente sentía una obligación que debía llevar a cabo desde ese momento. A lo mejor no soy buen revividor de sensaciones aún, pero la respuesta positiva me dio alas, como el Red Bull.
Tras un intervalo mediano de tiempo me veo novato, de nuevo junto al extractor de pensamientos. En realidad ya es hora de despedirme. He dicho y he respondido menos de lo que lo haría subido a un escenario, ensalzado y bien entendido, o en una conversación nocturna en privado, pero quedarán ahí los detalles. La mente humana es mi fruto de entretenimiento, el vicio y el placer no están en las cosas, sino en ella, y por eso pienso que en el resto de las personas ocurre igual… sólo lo digo por la consideración que tenga mi querido lector desde ahora. “El pequeño novato caminando…” ¡maldita sea! ¡Suéltenme la mente! ¡Vivan sin opinión exacta! (El mundo se construye a mis espaldas). ¿Ven? Soy, aunque un poco más listillo, reflejo de la generación “suéltame la oreja”…
Digo adiós al instituto, gracias, perdón, felicidades, suerte, salud… pero a la vez tengo una extraña sensación de ser un supervillano del cine, que desaparece pero que amenaza siempre con una segunda parte, como Freddy Krugger, o el tiburón de Spielberg. Nevermind. Las cosas nunca son del todo… malas. Sin embargo no puedo… acabo de recordar la idea que le expliqué a mi querida amada y quisiera expresarla porque ya me ha ocurrido dos veces o tres, en clase, una sensación que primero fue un susto enorme en el pecho, que me dejó con el corazón loco, porque me sentí muy atendido en clase, (me siento atendido en todas, pero aquella vez fue especial), aunque no diré en cuál y luego fue… (Atención)… una experiencia mística… “¡hale, exagerado!”, “¡No, es verdad!” Se la describí a mi amada, en formas, en imágenes; tan poco la entendí que ahora veo que fue una sensación de atención más. La ilusión mental era como la de los dibujos animados japoneses, en los que de pronto un guerrero aparece entre unos edificios y se eleva en un salto místico en el que se oscurece el fondo y el guerrero se queda suspendido en el aire, con los ojos cerrados, en una posición completamente oriental, o ese misticismo natural de las cosas orientales, y también se me pareció el susto a un triángulo, porque cuando lo sentí, iba caminando por la calle y el triángulo se expandió a los lados de mi mente (yo imaginándome a mi mismo). Todo fue un susto, como la primera vez, porque no me gusta dormirme en clase, y no consigo resistirlo, y cuando veo que un profesor me lo permite, pienso que es porque confían en mí… y eso me da ganas de llorar de agradecimiento y de pena por mí mismo, de vergüenza.
Hasta otro momento.
jueves, 10 de junio de 2010
El tostón (premio de narrativa en mi instituto en 1999)
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